FOTO MOROCOCHA PERÚ

Lo polémico del proyecto cuprífero Toromocho de la minera Chinalco, es la mudanza del pueblo de Morococha (142 kilómetros al este de Lima) a uno totalmente nuevo construido por Chinalco, porque donde actualmente se erige el pueblo de Morococha se construirá la mina a tajo abierto. A esta mudanza se oponen cientos de pobladores como revela el NYT.

Toromocho es uno de los proyectos mineros más antiguos de Perú, pues el yacimiento fue descubierto en 1920 por la empresa norteamericana Cerro de Pasco Corporation, estatizada en 1974. Tras tres intentos fallidos de ProInversión, el proyecto fue adjudicado a la minera junior canadiense Peru Copper en el 2003. El año 2007, Chinalco adquirió Peru Copper por US$792 millones.

En el proyecto Toromocho se estima una inversión de US$2,150 millones para desarrollar una mina que producirá 248 mil toneladas de cobre por año durante 36 años. Las obras de Chinalco hasta el momento son la construcción de un nuevo pueblo para los pobladores de Morococha, con una inversión de más de US$50 millones, y la inauguración de la planta de tratamiento para las aguas ácidas del túnel Kingsmill, con una inversión superior a los US$40 millones. Dicho túnel fue abierto hace 80 años para evacuar el agua de otras mineras, pero su caudal, de 1 m³/s, era descargado en el río Yauli, contaminándolo con ácidos y metales pesados.

El nuevo pueblo, llamado Nueva Morococha, constituido por 1,050 casas, está construido junto al pueblo de Carhuacoto, situado a 15 minutos en auto desde Morococha, a una distancia de 10 kilómetros y casi a una similar altitud. La población de Morococha es de 5,000 habitantes, los cuales el 85% carece de título de propiedad. A quienes se han mudado al nuevo pueblo, les han dado título de propiedad.

Todas las calles del nuevo pueblo son líneas rectas, pintura fresca y suave pavimentación, con nuevos colegios, iglesias, una clínica y parques infantiles, dice el artículo del NYT. Cada casa tiene agua potable, con inodoros y duchas, además que el pueblo tiene un nuevo relleno sanitario.

«Te puedes perder», dijo Virginia Valladolid, de 45 años, a NYT sobre el nuevo pueblo. Ella es una de las barrenderas, que se mudó en varias semanas atrás y gana US$ 3 por día de Chinalco, en su primer trabajo estable que ha tenido. Ella tiene una casa con un inodoro por primera vez en su vida; abre el grifo y el agua sale clara y no amarilla, como en Morococha, contó ella a NYT.

«No echo de menos nada», dijo Valladolid, al reflexionar sobre los 15 años que vivió en Morococha. «Yo no vivía cómoda allí».

Morococha es un pueblo minero, cuyas exploraciones datan de 1763. La mayoría de sus pobladores están involucrados en actividades mineras y cientos se oponen a la mudanza. El alcalde del pueblo, Marcial Salomé, dijo a NYT que él no se opone a la mudanza, pero ellos piden que Chinalco de más a cambio. Ellos quieren que la minera les garantice puestos de trabajo a los residentes y que le pague a los pobladores de Morococha US$300 millones por destruir su pueblo. Salomé también se queja de que las nuevas viviendas son demasiadas pequeñas, unos 130 metros cuadrados (m²), en comparación a lo que tienen los antiguos pobladores de Morococha. “Queremos lo que es justo”, dijo Salomé.

Una de las opositoras fue entrevistada por NYT. Se trata de Sonia Ancieta, cuyos abuelos llegaron a Morococha hace 100 años. El cementerio está lleno de sus antepasados. Ella tiene una casa grande que mide más de 600 m², incluyendo varias habitaciones de alquiler y una tienda de lo que solía ser una calle muy transitada. Si bien Chinalco ha ofrecido compensar a los dueños de negocios por la pérdida de ingresos y al pago de sus casas a los propietarios, Ancieta dijo que lo que la compañía está ofreciendo no es suficiente para compensar su propiedad y sus recuerdos.

«Para mí esto representa una gran pérdida», dijo Ancieta a NYT. «Yo nací aquí. Voy a perder mi identidad y muchas cosas más, porque una vez que nos vayamos de aquí nunca más volveremos».

En el nuevo pueblo inmaculado, escribe William Neuman, Patricia Cóndor, una dentista de 34 años, y su marido, Miguel Ángel Cayetano, un farmacéutico de 32 años, se acomodaban a su nueva casa con sus dos hijos pequeños.

«Los niños están felices», dijo Cóndor a NYT. «Para ellos, es otro mundo».

La pareja decidió salir de Morococha sólo después de que las ventas en su farmacia se desplomaron debido a que muchos de sus vecinos se habían ido. «Una semana o dos atrás, no había mucho movimiento», dijo Cóndor. «Pero esta semana ves a la gente en movimiento, decidiendo con mayor certeza, apostando por el cambio».

Los últimos enfrentamientos entre los pobladores que se oponen a la mudanza de Morococha y la policía, fue en diciembre, porque los primeros mostraron resistencia a la reubicación de los centros de educación inicial a Carhuacoto.