No hay modernización de las relaciones laborales, no se liberaliza la negociación colectiva y la huelga sigue restringida y amenazada, a tal punto que, de aprobarse el proyecto como está, los sindicatos deberán desgastarse en largas batallas judiciales para mantener su esperanza de ejercerla.

Horas después del día de los inocentes, la Presidenta Bachelet y su Ministra del Trabajo pusieron fin al misterio y a las largas jornadas de divagaciones, sueños, deseos, temores y angustias asociadas a la tan esperada reforma laboral. Fue una cocina lenta, que auguraba un plato idealmente sofisticado y suculento – a lo menos para un debate a la altura de una sociedad con aspiraciones democráticas – luego de tantas reuniones y de encuentros o desencuentros con la disciplinada CUT y las rebeldes organizaciones que representan al empresariado.

Por su parte, en el mundo académico, con mayores o menores niveles de esperanza o escepticismo, la reforma laboral estaba entre los regalos más deseados del fin de año. Una especie de Furby, luego de años de pelotas de trapo o imitaciones chinas de un Lego, como han sido las escasas innovaciones relevantes en nuestra normativa laboral hasta ahora.

Por ello, las ansias con que se leyeron las más de 70 páginas del proyecto, son sólo comparables a la emoción de un niño al abrir su regalo de Navidad y con la decepción indescriptible que implica no recibir lo deseado, sino que un par de calcetines o una caja de pañuelos. En efecto, la decepción luego de conocer y analizar el texto de la llamada “reforma” que “moderniza el sistema de relaciones laborales” es enorme y está cargada de tristeza.

Por primera vez, desde el retorno a la democracia, se presentaba un proyecto de reforma laboral relativamente completo en materia de negociación colectiva y huelga, por lo que tal vez fue iluso pensar que el Gobierno daría un salto cualitativo al hacer modificaciones al tristemente célebre modelo neoliberal de relaciones colectivas laborales impuesto por la Dictadura: el Plan Laboral. A lo mejor, los anuncios sobre la titularidad sindical y el fin del reemplazo en la huelga permitieron forjar esas esperanzas, pero la obligada lectura y relectura del proyecto de reforma las han destruido casi todas.

En fundamentación de esta crítica general, conviene recordar algunos aspectos sobre la ideología y las ideas centrales que conforman el Plan Laboral de José Piñera, sin perjuicio de que el lector valiente puede conocer sus detalles de la pluma de su propio creador (http://www.josepinera.com/zrespaldo/revolucion_laboral.pdf). Así, cabe destacar que el Plan Laboral representó un quiebre profundo con la trayectoria y desarrollo de nuestro sistema de relaciones laborales colectivas, con el fin de desmantelar el movimiento sindical y minimizar su poder y capacidad de acción a través de la negociación colectiva y la huelga, todo ello, en función de un proyecto mayor, como fue la edificación de un sistema normativo laboral que fuera funcional en un 100% a una economía de libre mercado.

En este escenario, el sindicato se transforma en una organización semi fantasmal, carente de poder, constreñido a tener que actuar en un nivel mínimo como es la empresa, dado que se proscribió la negociación sectorial, y limitado a tratar materias asociadas a la mera productividad (remuneraciones y condiciones de trabajo). Además, se obliga a los sindicatos a competir con los grupos de trabajadores a los que se les atribuyen iguales atribuciones negociadoras; perdidos en una maraña de reglas, plazos y trámites que convirtieron a la negociación colectiva en una selva y no en la expresión de un derecho fundamental y, por último, sin derecho a huelga, sino con un remedo de éste, confinado a la etapa final del procedimiento y que no logra sobrevivir a la facultad del empleador de reemplazar a los huelguistas y al derecho de los abatidos y maltrechos trabajadores de reintegrarse a sus funciones.

Pues bien, lector, si usted se sumerge en la árida lectura del texto de la reforma – si se le puede llamar así por su intrascendencia – presentado por el Gobierno y hace el ejercicio de contrastarlo con las ideas centrales del ideólogo del Plan Laboral, podrá verificar, al igual que este columnista, que las ideas centrales y fundantes de los Chicago Boys siguen vivas y resultan fortalecidas. De allí que pueda afirmarse que el proyecto trasunta complacencia y un amor incondicional, no confesado, hacia un modelo que tanto ha favorecido a tan pocos compatriotas, en desmedro de condiciones laborales dignas y equitativas de la mayoría.

Efectivamente, salvo algunos cambios menores, tal vez no un maquillaje como en reformas anteriores, sino que con un lifting, el Plan Laboral sigue mostrando su horrible cara de siempre dispuesto a seguir perjudicando a más del 90% de los trabajadores del país. Por cierto, más allá de fortalecer el derecho de información, consagrar una casi plena titularidad sindical y de dar la ilusión de que el reemplazo de los trabajadores en huelga es historia, la reforma propuesta contiene una maraña de normas que reglamentan en extremo el ejercicio de la negociación colectiva, manteniendo una serie de disposiciones iguales a las vigentes. Llama la atención, por ejemplo, que la reforma mantenga la lógica de una negociación colectiva centrada en la productividad, salvo una leve ampliación de materias negociables, limitando las oportunidades para negociar, los efectos y duración de los instrumentos colectivos, conservando la misma lógica de la huelga al final del proceso, como lo ideó José Piñera, en desmedro de una huelga libre y amplia, restringiendo aún hasta la forma como se deben redactar los votos, creando un esperpento que la deslegitima (los servicios mínimos), así como dotando de atribuciones nunca antes vistas a la Dirección del Trabajo, la que puede intervenir por medio de “mediaciones forzadas”.

Si los sindicatos creían que esta reforma iba ampliar la tasa de cobertura de la negociación colectiva, es posible afirmar que están equivocados, pues la posibilidad de negociar vía sindicato interempresa es limitada, centrada en cada empresa, y condicionada a los quórum del artículo 227, por lo que basta, por ejemplo tener menos de 8 o de 25 trabajadores en una empresa y se acabó el derecho a negociar. ¿Con estas reformitas, cómo es posible que el empresariado se sienta amenazado? En esencia, las prerrogativas que les legó la Dictadura siguen intactas.

En definitiva, no hay modernización de las relaciones laborales, no se liberaliza la negociación colectiva y la huelga sigue restringida y amenazada, a tal punto que, de aprobarse el proyecto como está, los sindicatos deberán desgastarse en largas batallas judiciales para mantener su esperanza de ejercerla. En estos momentos urge tomar conciencia de esta amenaza, movilizarse, poner fin a la complacencia y al disciplinamiento partidario y asumir una actitud activa de defensa de la libertad sindical y de los derechos que le dan forma, en particular de la huelga, dado que son piezas claves para la construcción de una sociedad verdaderamente democrática que pueda dejar atrás las vergonzosas ataduras de un modelo pensado para invisibilizar a los trabajadores y a sus organizaciones.(EL DESCONCIERTO.CL)