Si bien hay reformas que deben discutirse, como espacios donde el Estado se ha ausentado y otros donde las AFP han estado demasiado presentes, no es menos cierto que hay espacios donde los propios ciudadanos deberán asumir un mayor grado de responsabilidad sobre su futuro. En este aspecto, cotizaciones obligatorias del 10%, escaso ahorro voluntario y una edad de jubilación de 60 años para las mujeres, en una época donde la esperanza de vida femenina sobrepasa los 80 años, son datos que si bien generan rechazo al cambio, es necesario debatir.

FOTO AFPS DE CHILE AL FILO

 

Cada cierto tiempo el sistema de pensiones se vuelve portada de más de algún medio de prensa por hechos desfavorablemente noticiosos. Pese a que las AFP realizan un gasto importante en publicidad para promocionar sus rentabilidades (cuando las hay), lo cierto es que las noticias más polémicas que aparecen por la prensa suelen hacer referencia a sus altas rentabilidades y a las bajas pensiones que son capaces de entregara sus afiliados.

Existe poco disenso sobre los limitados beneficios que entrega el actual sistema de pensiones. Utilizando datos del historial previsional de la Superintendencia de Pensiones al año 2006, Forteza et al (2011), estimaban que la pensión promedio equivaldría al 33,8% del ingreso per capita, mientras que el consejero del Banco Central Joaquín Vial señaló hace pocos días que el 60% de los afiliados al sistema de AFP obtendría pensiones bajo $150.000 pesos. Aunque esta última cifra ha sido cuestionada por no incluir algunos beneficios estatales, no hay duda que es un resultado desalentador para cualquiera.

¿Qué provoca que las pensionessean tan bajas en nuestro país? Aunque parezca impopular, es indudable que el gran culpable es el propio mercado laboral chileno, que reproduce en la tercera edad sus propias limitaciones. Los niveles no menores de trabajo informal y de no pago de cotizaciones en algunos empleos, así como la alta rotación laboral y los periodos de cesantía que se viven en muchos hogares, son los ingredientes que se van sumando en las llamadas lagunas previsionales, es decir, periodos en donde los trabajadores no cotizan para su jubilación. De hecho, el mismo trabajo de Forteza señala que, en el 20% más pobre de Chile, donde la informalidad y la inactividad laboral son más altas, la densidad de cotizaciones alcanza sólo el 34,9%, es decir, el equivalente a decir que cotizan sólo cuatro meses al año en su fondo de pensiones. Por otro lado, la reciente y publicitada Encuesta de Ocupación del Gran Santiago de la Universidad de Chile, que entregó un nivel de pleno empleo, también señaló que el ingreso mediano de la capital estaba en torno a los $300.000; es decir, en una de las ciudades con mayores salarios de Chile, la mitad de los trabajadores ganaban menos de esa cifra. Resulta evidente que, en un sistema donde las pensiones se construyen a lo largo de la vida laboral, de estos niveles de ingreso y ahorro no puede salir nada bueno.

Lamentablemente, mientras el diagnóstico sobre las bajas pensiones es relativamente claro, las soluciones al problema no lo son tanto. La reforma del año 2009, que licitó las carteras de afiliados a la AFP con la menor comisión, así como la creación de la Pensión Básica Solidaria (PBS) que cubre total o parcialmente a los tres quintiles de menores ingresos,  fueron perfeccionamientos importantes, pero el sistema sigue sin poder fomentar de forma adecuada el ahorro voluntario para aquellas personas que tuvieron bajas rentas, o una baja densidad de cotizaciones, en etapas tempranas de su vida laboral, así como tampoco logra controlar de forma adecuada las comisiones ni los costos de las AFP.

Si bien se ha ido dejando atrás la ingenuidad inicial de la reforma previsional de los años 80’, y existe cierto consenso en torno a que el Estado debe jugar un rol más activo en el sistema previsional, las ideas rimbombantes que proponen reinventarlo todo no son respuestas coherentes ni constructivas al problema. Por ejemplo, la publicitada idea  de crear una AFP estatal o “sin fines de lucro”, difícilmente tendrá efectos en un mercado donde las personas tienden a quedarse con la primera AFP que eligieron y no a irse por la opción más barata ni más rentable del mercado; de hecho, AFP Modelo ha tenido poco éxito en captar afiliados de otras compañías, pese a que cobra menos de la mitad que varios de sus competidores con niveles de rentabilidad equivalentes. Mientras eso suceda, pocos incentivos tienen estas empresas a bajar sus comisiones; de hecho, no lo hacen. Esto sucedería de la misma forma si Banco Estado ampliase el giro hacia el mercado de las AFP o si una cooperativa sin fines de lucro decidiera entrar a competir.

Si bien hay reformas que deben discutirse, como espacios donde el Estado se ha ausentado y otros donde las AFP han estado demasiado presentes, no es menos cierto que hay espacios donde los propios ciudadanos deberán asumir un mayor grado de responsabilidad sobre su futuro. En este aspecto, cotizaciones obligatorias del 10%, escaso ahorro voluntario y una edad de jubilación de 60 años para las mujeres, en una época donde la esperanza de vida femenina sobrepasa los 80 años, son datos que si bien generan rechazo al cambio, es necesario debatir.

Los problemas del sistema de pensiones son complejos y, por tanto, sus potenciales mejoras también lo son. Si bien las AFP son un grupo poco competitivo de empresas que obtienen grandes utilidades incluso durante las peores crisis económicas, lo cierto es que el grueso del problema se explica por la debilidad del mercado laboral y las bajas cotizaciones que, en promedio, se realizan a los fondos de pensiones. Finalmente, la desesperación de muchos chilenos a finales del año pasado por desafiliarse voluntariamente de cotizar mediante boletas de honorarios, evidencia que, de parte de los afiliados, tampoco existe una real conciencia sobre el daño que realizan a sus propias pensiones al “dejar para mañana” algo que debe resolverse hoy.(EL QUINTO PODER-PABLO PAREDES )