Chile Tiene Hambre…de Justicia y Dignidad

“Si no nos mata el virus, nos mata el hambre”. Por muy crudo que se escuche, este mensaje escrito en una de las pancartas de gente hastiada de la pobreza y las deficiencias exacerbadas por la pandemia refleja una realidad incuestionable, Chile tiene hambre. Pero, no solo de esa que físicamente se hace patente al sentir dolor en el estómago cuando lleva horas y en algunos casos, incluso días sin recibir alimento alguno, sino un hambre voraz de justicia y dignidad. 

Resulta casi incomprensible, doloroso e injusta la cara del Chile actual. Cómo se contrasta con ese Chile que se nos había querido disfrazar a punta de cifras y rankings como un ejemplo dentro de países que tienen un sistema económico de libre mercado, destacado además por el uso sobrevalorado de la tecnocracia y que seguramente alentaron a nuestro presidente Sebastián Piñera a decir, «En medio de esta América Latina convulsionada, nuestro país es un verdadero oasis», esto solo unos días antes de que estallaran las protestas y con ello se produjera uno de los movimientos sociales más transversales de la historia de nuestro país, luego de la vuelta a la democracia. Nunca, estas palabras sonaron más incoherentes, desconectadas y descontextualizadas que hoy día. 

No habíamos visto tal nivel de soberbia de parte de un presidente y de sus ministros como de la que hemos sido testigos desde octubre pasado. En gran medida se explica porque nunca alguno de los que nos representan en la llamada clase política chilena, han tenido que padecer la escasez de recursos, los embates de la cesantía, barreras para acceder a una buena educación, como a una atención de salud digna y de calidad. En cambio, desde que nacen han vivido en una posición de privilegio que luego se ve fortalecida por el acceso al poder y desde ese sitial, desde la autoridad, creen saberlo todo y desde allí los errores no son visibles, no existe la autocorrección. Nace entonces, la arrogancia.  

¿Pero qué les impide entender la naturaleza de lo que está pasando? Incluso desde ese Chile que nació y abrió los ojos el 18-O con la desatada crisis social y política. Esto, se explicaría porque padecen de una Ignorancia Epistémica producto de una real Carencia Cognitiva como señalan algunos filósofos sabios que estudian el conocimiento.

Y esto en palabras simples y claras es una incapacidad de entender lo que pasa producto de esta “ceguera” (Ignorancia Epistémica) que, si bien, las élites gozan de un amplio acceso al conocimiento, esto, aunque puede ser considerado una ventaja, porque de hecho lo es, también trae consigo la arrogancia producto de ese “saber” al que nadie puede cuestionar, sobre todo desde los sectores más oprimidos, de quienes menos podrían aprender si se les escuchara. De ahí la actitud displicente y de falsa empatía con las demandas sociales del pueblo. 

Los reales problemas que vivimos los chilenos y chilenas fueron postergados gobierno tras gobierno que sucedieron a la dictadura, como si no supieran que un día les reventarían en la cara. Hoy frente a la cruda realidad social que ha desnudado la pandemia de coronavirus en nuestro país y que ha dejado claro que no éramos los “Jaguares de Latinoamérica” como el 6% de este país pretendió creer, el futuro se ve desesperanzador para miles de familias chilenas que pese a las cuarentenas totales y obligatorias impuestas por mandato de la autoridad para hacerle frente al COVID-19, quienes tienen la responsabilidad de sostener económicamente el hogar, se ven en la obligación de poner en riesgo su salud y vida para salir en busca del alimento diario para sus seres queridos.

Entonces, ¿Quien no podría entender y hacerse parte del enojo que motivó a muchos y muchas a salir a las calles a manifestarse en octubre pasado y que ahora vuelven a enarbolar consignas? Hoy, ese enojo, se ha transformado en odio generalizado, alimentado, aunque suene paradójico, por el hambre del pueblo que ha vuelto a levantar sus banderas de lucha para exigir que el Estado los proteja, como debiese ser su máxima. Por esto, ya hay varios, entre ellos, la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) Alicia Bárcena,que se atreven a vaticinar la gran debacle social que se desatará una vez que logremos superar la emergencia sanitaria, porque del coronavirus no nos libraremos al menos en un par de años y tendremos que aprender a convivir con su existencia, pero sus efectos devastadores para la ya precaria calidad de vida de las y los chilenos y los niveles de desigualdad serán aún más críticos. 

Los problemas estructurales que venimos arrastrando desde más de 30 años, hoy nos pasaron la cuenta. Las medidas o más bien, parches, en salud, educación, seguridad social, entre otras, son paliativas, muchas veces improvisadas. Claro, no podemos discutir que ante el avasallador avance de los contagios de coronavirus tenemos que hacer algo por detenerlo. Pero si los esfuerzos desde un inicio hubiesen estado enfocados en aumentar los testeos y la trazabilidad como lo ha sostenido profusamente el Colegio Médico de Chile, es muy probable que el escenario hoy sería distinto y no hubiésemos llegado a los casi 70 mil infectados. Pero la enfermedad que padece Chile no es el coronavirus propiamente tal, sino una que ha permanecido en estado latente por décadas es esa “ceguera” que no ha permitido a quienes gobiernan a este país ver la brutalidad de la desigualdad.

Por todo esto, el pueblo de Chile no quiere este Estado. Se rebela, exige y reclama por un estado fuerte, no subsidiario, como el que por medio de una dictadura se nos quiso imponer. Necesitamos un Estado protector y garante de derechos de su pueblo, que asuma el control no de la economía dentro de un sistema de libre mercado, sino ante todo norme y vele por una real seguridad social para la ciudadanía, para esto un nuevo cambio en el ordenamiento social es fundamental sin ideologías que prevalezcan y favorezcan a las minorías.

Las transformaciones profundas para el desarrollo de las sociedades son necesarias, pero no son abruptas, requieren de voluntad, estudio, análisis, adaptaciones, en fin, un sin número de factores, las cuales requerirán de tiempo. Pero sin duda, los chilenos y chilenas estamos dispuestos a esperar por lograr ese gran cambio, que vendrá con la piedra angular de nuestro sistema democrático, una nueva Constitución. 

Sin embargo, dolorosamente tenemos que admitir que hoy la pobreza y el hambre, necesitan ser atendidos con urgencia y traspasa cualquier medida de asistencia social suficiente o insuficiente que el gobierno disponga, sino que es misión de todos y todas ayudar a un hogar que lo necesita, a familias vulnerables, que solo les queda esperar un gesto de solidaridad cuando ya las fuerzas decaen, porque no hay realidad más triste que al final del día tengamos que decirles a nuestros hijos que se vayan a acostar porque no hay nada para comer.

Por Gustavo Tapia Campos

Presidente Federación Minera de Chile

Créditos: Foto Agencia Uno/The Clinic